Queso de Tetilla con D.O.P. (Galicia): Milagro Cremoso para el Alma

A este queso de Tetilla no se le grita, se le canta bajito. Su forma inconfundible —que da risa tímida al primer vistazo y puro amor al segundo— es solo el principio. Porque debajo de esa silueta cónica y tierna, lo que hay es toda una declaración de intenciones: este queso no viene a competir, viene a cuidar.

Directamente desde Galicia, donde las vacas respiran eucalipto y los paisajes parecen hechos para descansar la vista y el alma, la Tetilla se elabora con leche pasteurizada de vaca de razas autóctonas como la Rubia Gallega, la Frisona y la Parda Alpina. Tres señoritas muy trabajadoras, por cierto. La leche se trata con mimo, se cuaja con cuidado y se moldea en esos moldes cónicos tan entrañables, que ya son casi icono nacional. Luego, se deja madurar durante al menos siete días, en una espera corta pero muy reveladora: lo justo para dejar de ser leche y convertirse en suave liturgia láctea.

Lo que sucede al probarla es algo así como una bendición gustativa. Su textura es blanda, casi de mantequilla, y su corte es limpio, pálido y sin estridencias. En boca es dulce, láctea, levemente ácida, como una caricia en el paladar. No hay conflicto, no hay gritos: la Tetilla entra, susurra y se queda. Es de esos quesos que te hacen cerrar los ojos y pensar en cosas sencillas y buenas: un café con leche, una manta, una sobremesa larga.

Y aunque algunos crean que por ser delicada es aburrida, están muy equivocados. La Tetilla se lleva de maravilla con mil cosas: con mermeladas de higo o manzana, con membrillo, con una copita de Albariño, con nueces tostadas o incluso gratinada sobre una tosta. Es versátil, obediente, y nunca roba el protagonismo… pero siempre mejora la escena.

¿Un consejo de amiga? No la encierres en papel film como si fuera un bocata de instituto. Dale aire. Guárdala en papel vegetal o en un tupper con agujeritos, y que repose en el cajón de las verduras, ese rincón que es más “hogar” que nevera.

Y sí, su nombre siempre arranca una sonrisa, pero también es una forma de recordar lo que este queso viene a decir: aquí hay ternura, hay raíz, hay campo. Es queso que se hace querer. Y en Monjamón, confesamos que más de una vez nos lo hemos comido antes de que llegara a la tabla. Amén y bocado.